Estoy dispuesta a decepcionarme pero no a dejar de ilusionarme. Todo lo que hace Clint Eastwood me ilusiona, casi siempre logra tocarme la fibra y espero ansiosa sus películas como agua de mayo. Invictus ha sido la gran decepción; me ha dejado fría. Las expectativas eran tan altas que el fiasco ha sido grande.
A priori, la historia de Mandela prometía, cuanto menos, una película emocionante; sin embargo, se recrea demasiado en el deporte, relegando al personaje a un segundo plano. Así que faltaban sentimientos y sobraba rugby a tutiplén ¿Por qué será que el cine y el deporte no suelen congeniar? Creo que puede ser una cuestión de ritmos discordantes y ni tan siquiera Eastwood, el maestro del ritmo a mi parecer, ha sabido sintonizar aquí ambos elementos.
No recuerdo ninguna peli de fútbol, ni de basket, ni de atletismo que hayan transcendido más allá del mero pasatiempo. El deporte en el cine pierde intensidad. Todas las pasiones que levanta en la vida real, se convierten, a través del celuloide en algo trivial, intrascendente. Incluso alguien tan poco frívolo como Ken Loach, recurrió a los porros y a las alucinaciones cannábicas en Buscando a Eric, para que hiciese aparición estelar Eric Cantona, aligerando con su presencia el drama social
Me hago este planteamiento y a la vez me acuerdo de la maravillosa Million Dollar Baby. Tal vez sea la excepción que confirma la regla, o como solía decir mi profe de griego: no confirma la regla, la pone a prueba.
Así pues, recordando la estremecedora "Mo Cuishle" interpretada por Hilary Swank, me acuerdo de Cinderella Man, pienso también en el Paul Newman de Marcado por el odio y, como no, en el Toro Salvaje de Robert de Niro.
Entonces, ¿es acaso el boxeo el único deporte cinematográfico? Será quizás que el combate cuerpo a cuerpo simboliza perfectamente la lucha vital, y que dos torsos desnudos escupiendo sangre, desprenden un poderío visual difícilmente igualable por otros deportes.




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