28 de marzo de 1942

Tal día como hoy, hace 68 años, de madrugada, moría enfermo en la prisión de Alicante Miguel Hernández, con tan sólo 31 años de edad.  Le detuvieron en la frontera de Portugal y le condenaron a muerte por pertenecer al bando perdedor y por haber escrito versos injuriosos contra las fuerzas nacionales.  A los pocos meses le conmutaron la pena capital por treinta años de cárcel; ahí empezó su calvario, las palizas, las cárceles: Palencia, Yeserías, Ocaña, Alicante... ¡hasta doce cárceles pisó!  Y enfermó de neumonía, de bronquitis, luego de tifus y por último de tuberculosis.  El permiso para trasladarlo al hospital llegó tarde, cuando Miguel ya estaba muerto. Le dejaron morir.

Nació pobre, vivió la guerra y sufrió la muerte de un hijo, el hambre y la miseria, y aún así, nunca perdió la esperanza.  Uno de sus últimos poemas, "Eterna sombra", acaba así:

Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.

Soy una abierta ventana que escucha,
por donde ver tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.

En su casa no había ni un libro, apenas pudo estudiar; desde bien pequeño tuvo que trabajar de pastor, y aún así se convirtió en un poeta apasionante, con un verso claro y una imaginería absolutamente personal, plástica y casi tangible.

Hoy recuerdo su muerte pero cada día recuerdo su vida.  Su presencia me acompaña ausente, su herida siempre me duele y su alegría me alimenta.  Ese rayo de luz que nunca cesa es también un látigo que ahuyenta del corazón a las exasperadas fieras.

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